ella se asustó muy rápido.
La suerte, esa maldita suerte, se le había escapado de las manos.
Se arrodillo y miró al cielo y exclamó:
"Oh! Dios ¿Que puedo hacer?."
Él la miró, y le dijo,:
"Si piensas que has perdido tu suerte,
realmente cuán ciega estas. Si piensas
que nada a cambio de tu incondicional amor
te he dado, que ciega estas. Es hora que aprendas
a observar y dejar de mirar."
¿Es que realmente tan ciegos estamos,
que no vemos el sol, aún en pleno cenit?
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